Humberto
Mi querido Humberto. No sé cómo responder a lo que me has contado, sino con mi más sincera preocupación. En nuestra última conversación me explicabas como aquellos tormentosos recuerdos volvían a abrumarte, como si desearan gastarte una pesada broma. Ya han pasado más de 3 años desde aquel día. De aquel 21 de septiembre, donde el Humberto que conocí se desmorono y nació esta vil criatura que ahora veo. Y digo vil no para enjuiciarte mi viejo amigo. No me malinterpretes. Lo digo con la mayor sinceridad, respeto, y sobre todo, cariño que te mereces. Pero no hay otra forma de describir aquello en lo que te has convertido. Y no es fácil ser testigo de ello. Recuerdo. Así es mi querido Humberto. Aun puedo recordar. Recuerdo aquellas tardes anteriores a ese 21 de septiembre, cuando éramos felices. No con esa falsa felicidad que nos vende la gente. Para nada. Si no aquella que posee quien ha aprendido a vivir con lo que tiene. Entonces eras joven, determinado, y testarudo, ¿cómo no? En ti se cumplía eso de “tan terco como una mula”. Fue en esa época cuando te conocí. Al principio, confieso, tu sola presencia me intimidaba, y no solo a mí, sino a todo al que conocías. Cada frase la comenzabas con un “yo”, y eso me incomodaba. En aquel tiempo yo era muy tímido y jamás hablaba, solo observaba. Y eso me llevo a conocerte. Luego entendí. Me di cuenta, (cosa que pocos alcanzaron a ver), que todo eso solo era un gran teatro que montabas. Que en realidad eras torpe e inseguro. En eso nos parecíamos. Creo que por eso nos volvimos tan buenos amigos. Hablaras solo para no escuchar esos pensamientos que ahora vuelven a ti, esos que inquietaban a Helena. ¿Recuerdas a Helena? Claro que sí. Jamás la olvidarías. Ella llego en el mejor y el peor momento. Ese 21 de septiembre todo cambio, o más bien tú cambiaste, y yo cambie contigo. Recuerdo cuando entro al salón de clases. Tú no dejabas de verla. Su desbordante silueta, sus ojos aguarapados, su cabello largo y negro que le cubría toda la espalda. Ese mismo día me dijiste “ahora sé que el cielo existe, porque un ángel acaba de entrar”. No pudiste contener la emoción y le hablaste. Ese 21 de septiembre. Y ella te correspondió. Tú no lo creías. Me lo decías siempre, “una mujer tan bella no se puede fijar en mi”. Pero así fue. La llevaste al parque, al cine, a almorzar, a cenar, a bailar y quien sabe a qué más. Helena se convirtió en tu centro, tu todo, y lo peor, en tu mejor amiga. Entonces ya no me necesitabas. Eso dolió. No sabes cuánto. Pero eras feliz. O eso creías. Luego, una noche, por alguna razón, te acordaste de mí, y me constate todos aquellos actos repulsivos que etiquetabas llamándole “amor”. Me contaste como se tocaban, como sus manos se juntaban, como sus pulsaciones se aceleraran cuando sus bocas se juntaban, dibujando tímidas siluetas con el borde de sus lenguas. Tú lo llamabas amor, pero yo supe que solo era una pasión pasajera. Entonces dijiste las palabras, esas terribles palabras, “la amo y voy a casarme con ella”. Dejarías todo por tenerla a ella. Dejarías un futuro prometedor solo por estar con aquella mujer. Entonces supe que no podía permitírtelo. Entonces lo decidí. Esa noche me escabullí, hasta las moradas de aquella mujerzuela, hasta su habitación, y deslizando mis brazos alrededor de su cuello, la estrangule, con mis propias manos. Ella daba horribles alaridos de dolor, igual que una perra en celo. Y yo, confieso, disfrutaba de aquel acto. Entonces entendí porque te gustaba tanto. Fue cuando toque su suave piel, cuando olí el dulce aroma de su perfume natural, que supe lo que sentías. Pero tú llegaste, y lo arruinaste todo. Me detuviste. Y aquella mujer te vio. No como el salvador que rescata a su doncella. Si no como el verdugo. En sus ojos asustadizos solo podía leerse una pregunta “¿Por qué lo haces?” Y es que no podía entender como aquel Humberto que hacia unas horas la abrazaba con dulzura, que la tenía entre sus brazos protectores, que la amaba con ternura, ahora estaba intentando acabar con su vida. Esa mujer era una tonta. No podía entender que era yo amigo, y no tú, yo, quien intentaba acabar con su existencia. Tú jamás la habrías lastimado. Pero no entendía que, aunque somos personas totalmente distintas, habitábamos el mismo cuerpo. Por eso estamos aquí ahora. En este lugar de paredes blancas y acolchadas, de duchas frías, y de descargas eléctricas. Con estos seres que no distinguen de sí mismos, que se ensucian y defecan como niños. Tu nos llevaste hasta aquí amigo. Pero no te culpo, ni te guardo rencor. Hiciste lo que creíste mejor y yo igual. Pero me duele que continúas rechazándome, después de todos estos años. No recibes que soy parte de ti, y no una simple voz, ni un pensamiento enloquecido. Y cuando te hablo como ahora, te inquietas. Pero no soy un demonio. Soy tu viejo amigo, tu único amigo. Porque aunque te empeñes en poner barreras entre nosotros, sabes mi buen Humberto, que no hay nadie que esté más cerca de ti que yo. Me despido, por ahora, recordándote, mi querido Humberto, que siempre podrás contar conmigo, y que siempre estaré a tu lado cuando me necesites….
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